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En su forma original

Iglesia_Ilust_JRamírezMelladoHamish entró antes de tiempo, casi del mismo modo que la última vez, acariciando el portón de madera hasta que las yemas de sus dedos quedaron ásperas y agrietadas. Miró hacia atrás, un instante, para comprobar que su esposa no perdía el paso en el último escalón, que no soltaba la mano de su hija, que no había nada distinto en aquel lugar que le hiciera pensar en alguna forma irreal o distorsionada del patrón cotidiano.

Fabián había entrado ya, seguramente mucho tiempo antes que Soledad, tan distinta desde que no era señora de Bergé, que ya no buscaba sus habituales conversaciones de puerta y evitaba todo lo posible los encuentros antes de comenzar. El único modo de adivinar su presencia era esperar hasta casi el final, hasta los pocos minutos que separaban los últimos toques de campana del inicio de la ceremonia. Soledad se sentaba en el último banco, esperando nada y escuchando la voz del sermón con un gesto seco y vacío que no levantaba la vista del suelo, que parecía recordar de memoria cada una de las palabras, cada pausa, hasta el momento de repetir las pautas comunes de las plegarias. Amén.

Hamish se sentó, cruzando las manos antes de respirar hondo, ahuecó el cuello de su camisa y comprobó de reojo que todos habían ocupado su lugar. Ana y la niña, a su derecha, Fabián, a su izquierda, siempre allí, con su respiración de fuelle aunque hubiese llegado despacio, con el mentón en alto, las mejillas rosadas y una mirada de reproche y culpabilidad tan acostumbrada a la penumbra como a las excusas, vencida por la oportunidad, por todas las que llegaron para volverse a marchar, como si en la pequeña parroquia, en las palabras de cada misa, los milagros aprovechasen su aparente complicidad para envolverle en una falsa esperanza que no tardaba en desaparecer. Ya no Fabián, ya no hay más. Delante, las viejas, las que Ana podía recordar por su nombre pero Hamish era incapaz. Todas vestían igual, con las mismas formas densas y rectangulares de naftalina sobre tacones gastados, con las caras pálidas y un pelo blanco y brillante que hacía a Hamish contraer el cuerpo y encogerse dentro del traje. Llevó su mirada un poco más allá, abriéndose paso entre las filas de hombros y abrigos oscuros, observando los cuellos rígidos, la concentración en el altar y el cabello recogido de Rebeca Sallié, que siempre se colocaba con su familia en los primeros bancos y esperaba pacientemente la comunión, sin apenas moverse ni darse la vuelta, evitando el contacto con su marido. Le engaña desde hace años, pensaba Hamish, con la misma rutina que le mantiene a su lado y le obliga a cumplir los deberes de esposa, con la costumbre que guarda las apariencias, expía los pecados, alimenta la fe y sirve de ejemplo a sus cuatro hijos, atentos al púlpito, inmóviles como pequeñas siluetas de cartón.

Hamish inspiró profundamente y notó cómo el incienso acariciaba las paredes de su garganta. Poco a poco se iba formando la fila para la comunión y sólo algunos se quedaron en sus asientos. Malena era cubana, siempre llevaba vestidos ceñidos con colores brillantes, entraba en la iglesia antes que nadie, encendía con mucho cuidado algunas velas y murmuraba una oración rápida, como un conjuro, antes de ocupar el séptimo banco del ala izquierda. Resultaría extraño mirar hacia allí y no verla, arrodillada desde el principio, con las manos unidas en el pecho y la mirada en cualquier lugar, rezando con tanta fuerza como si tuviese que hacerlo por todos los presentes. Hamish la miraba de vez en cuando y se sentía a salvo. Si dejaba su mente en otro lugar, si olvidaba santiguarse al comienzo, si alguna vez, como aquella, decidía no acercarse a comulgar, sabía que Malena no se olvidaba de él, le tenía presente en sus oraciones y le incluía en aquel círculo de magia blanca en el que todos tenían su espacio. Malena levantó su mano derecha y la movió con suavidad, dibujando en el aire la rúbrica final de su letanía. Hamish recordó las palabras de aquella novela de Chesterton… La mano no era en realidad la suya sino la de Dios, que hace girar la rueda universal de todas las estrellas.

Al salir agradeció que el aire frío de febrero le devolviese parte de sus sentidos, las figuras oscuras recobraban poco a poco su apariencia humana y bajaban los grandes escalones de piedra sin mirar atrás, dejando que los pequeños detalles de la rutina les guiasen entre la multitud, de vuelta a sus casas. La fe, casi no la recuerdo, murmuró Hamish en una lengua que casi nunca usaba ya. Ana ni siquiera se dio cuenta, se agachó para abrochar el abrigo de su hija, se arregló la chaqueta y miró a su marido antes de agarrarle de la mano ¿Vamos? preguntó con voz tranquila. Hamish, devolviéndole una mirada envuelta en pensamientos lejanos, besó su frente. La fe que recuerdo no sé si tiene forma de esperanza o fidelidad, quizá la costumbre haya borrado su forma original y ya tenga poco que ver con aquella que nació en la mezquita, que rezaba en una lengua distinta y otro Dios la bendecía al salir, igual que otro sol quemaba la piel y extendía la sombra hasta el principio del camino. Te quiero, respondió, volvamos a casa.


Nostalgias

José Saramago quiso mirar el mundo a través de una claraboya, hace ya tantos años que quizá no fuera el mismo mundo de hoy, ni su hermano, ni su antesala, sino una forma tan pura y condensada de la realidad que sólo pudo tener un nombre, la vida según Saramago, la que poco a poco desarrolló el genio de Azinhaga durante más de sesenta años y hoy forma parte, inevitable y agradecida, de nuestra nostalgia compartida.

Se dice de la nostalgia que es un sentimiento difícil de comprender, que se trata de un querer olvidar y no poder, a veces trágico y casi siempre cercano a la tristeza o en ese punto indefinido en que los recuerdos se visten de despedidas y empiezan esa lucha absurda por ocupar lugares privilegiados de la memoria. Cualquier tiempo pasado fue mejor, dice algún tango en algún lugar, pero sin convencerme del todo, sea cual sea la forma de la nostalgia me gusta creer que no es más que un recuerdo que una vez, sin pretenderlo, decidió quedarse a mirar.

Y un recuerdo que mira, o mejor, que nos ve, nos entiende y trata de conversar desde aquella parte tan íntima y personal que por muchos motivos casi siempre se nos olvida. Un recuerdo propio o ajeno, qué más da, que al convertirse en nostalgia perdura, va y viene, sin desaparecer, y construye con hebras muy finas una estructura que durante años he creído inseparable de la literatura. La melancolía.

Grandes maestros lo son, unas veces por toda una vida y otras por unos cuantos momentos, por instantes de melancolía que han dejado raíces profundas en el amplio y profundo universo del libro. A veces conscientes y otras sin intención, en muchos casos de forma explícita y en otros con la habilidad necesaria para esconder la añoranza entre sentimientos menores. En 1998, con la novela ganadora del premio Booker, Amsterdam, el escritor inglés Ian McEwan utilizó como punto de partida una pérdida para desarrollar una historia de cuatro vidas cruzadas, que nos sumergen en una trama cuyo interés, y gran mérito, no está en su desarrollo o trascendencia sino en su asombrosa facilidad para penetrar en las noblezas y miserias de los personajes hasta desnudar de un modo tal su intimidad que, inevitablemente, nos arrastra con ella. Más cercano a la reflexión melancólica, Javier Marías nos recuerda que todo se atenúa, incluso los enamoramientos, y que a esta vida llegamos, como muertos de permiso, para encontrarnos tantas veces con el pasado que la nostalgia, tarde o temprano, abandona su neutralidad y nos acompaña.

Y hay tantos ejemplos más, que a menudo pienso que la literatura y aquel tango se parecen demasiado. Nostalgias, escrito por el poeta Enrique Cadícamo y llorado por el maestro Gardel, que habla de amores, o de su ausencia, y dice así, Quiero emborrachar mi corazón, para olvidar un loco amor, que más que amor es un sufrir… Gime, bandoneón, tu tango gris, quizás a ti te hiera igual, algún amor sentimental… Saramago lo tarareaba al escribir, o puede que no, años después de que Jay Gatsby se asomara al porche de su mansión por última vez y antes de que un loco enfermara de amor, o de nostalgia, y pensara en aquellas primeras palabras que dieron vida a una de las novelas más nostálgicas de todos los tiempos. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita. Vladimir Nabokov.


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