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Ritmo y literatura

¿Cómo suena lo que escribo? A veces pienso que toda melodía literaria depende esencialmente de la sintaxis, sin embargo, si ese fuera el único factor, dicha “música” se desvincularía peligrosamente de todo lo que contiene, de la intención narrativa del autor (mostrada a través de las escenas), y prácticamente desaparecería en una traducción. Por eso el ritmo, o cadencia narrativa, parece ser un concepto mucho más profundo. Definir el ritmo va mucho más allá de las palabras. Una escena, una emoción, produce una ola en la mente, mucho antes de que las palabras aparezcan para interpretarla (…) Cuando la ola rompe hace que las palabras empiecen a encajar (Virginia Woolf).

Se puede entender el ritmo como toda alternancia regular, una repetición periódica de elementos en el tiempo, pero al hablar de ritmo literario es inevitable añadir algunas connotaciones específicas, quizá en forma de ola, como decía la gran maestra londinense en una de sus famosas cartas, o puede que dictadas por un patrón mucho más mecánico y regular. En cualquier caso, cabe hacer la siguiente reflexión: Si aquello que dejamos escrito sirve para que el lector construya imágenes, dichas imágenes ¿tienen una cadencia determinada, un sonido particular, en la mente del escritor antes de codificarse con palabras?

No creo que sea importante encontrar una respuesta unánime y definitiva (dudo que todos los escritores coincidiéramos en la misma), pero parece claro que el ritmo depende (al menos), de dos elementos literarios fundamentales: lo que imaginamos, la parte conceptual, y cómo lo escribimos, las palabras que lo representan. En cuanto a esto, es muy interesante lo que dice el escritor y crítico ruso Óssip Brik, uno de los principales nombres del formalismo: Es necesario distinguir entre movimiento y resultado del movimiento. Si una persona salta y deja sus huellas en el barro, científicamente no se puede decir que la disposición de dichas huellas constituya un ritmo. De igual manera, el poema impreso en un libro no ofrece más que las huellas del movimiento. Sólo puede ser presentado como ritmo el discurso poético y no su resultado gráfico.

Parece claro que al escribir, al menos al tratar de comunicar un mensaje con cierta carga emocional, se coordinan (o superponen) dos formas rítmicas complementarias: la primera (originada en el concepto, en esa idea difusa que construimos en nuestra mente antes de llevarla al papel) podemos definirla como semántica, es decir, está motivada por el significado que tiene para nosotros, mientras que la segunda es una forma que podemos llamar sintáctica (o incluso fonética) y se refiere al modo que hemos elegido para representar dicha idea. Así, como sucede en la danza, la emoción (significado) se transmite al espectador mediante una coreografía (significante), que llega con una pulsión narrativa determinada, o lo que es igual, un ritmo.

Obviamente, la relación significante-significado es convencional, acordada (El lazo entre la idea y el sonido es arbitrario y, de hecho, los valores son relativos, Ferdinand de Saussure) y, por supuesto, adopta múltiples formas. Ni todas las emociones son iguales, ni corresponden a los mismos signos en cada cultura e individuo. Por lo tanto, conceptos y mensajes similares, lo normal es que presenten ritmos totalmente distintos cuando se transmiten.

Muchos escritores ambientaban sus relatos en Londres en los años de la Inglaterra Victoriana, sin embargo, si leemos por ejemplo un fragmento de Conan Doyle y a continuación otro de Stevenson, aunque puedan referirse a las mismas calles y al mismo tiempo, los percibimos con una cadencia totalmente distinta. Su ritmo interno, su patrón emocional, los condiciona, y con esa “música” específica alcanzan al lector.

Si tenemos presente todo esto, la próxima vez que nos sentemos a escribir seguramente nos resultará interesante hacer el siguiente ejercicio: Cerremos los ojos y observemos durante unos segundos lo que ocurre en nuestra mente, qué forma tiene aquello que estamos a punto de trasladar al papel. Puede se trate de una mezcla de experiencias cercanas con un alto contenido emocional, que quizá se asemejen al fuego o a una tempestad, o puede que notemos la suavidad de un recuerdo lejano que se acerca a nosotros sin apenas hacerse notar, como una profunda respiración, como una ráfaga de aire frío sobre la piel. A continuación tratemos de escribirlo. Nuestra intención será que el lector reciba una imagen precisa, que conozca el sentimiento que le vamos a contar, así que enseguida podremos comprobar en qué confiamos más: ¿en lo que queremos transmitir o en la forma de hacerlo? Puede que si domina la primera opción, más expresionista, nuestro ritmo esté determinado casi por completo por aquello que guardamos en la mente y las palabras escogidas tengan relación directa con la emoción, y si, por el contrario, se impone la forma, buscaremos la melodía en las palabras, en la sintaxis, enviaremos un mensaje más explícito, más concreto, con la esperanza de que sea del mismo modo eficaz.

Lo mejor de todo es que nuestras emociones, utilicen el vehículo que sea para viajar, van a sufrir aún una transformación más: la interpretación del lector. Y es ahí donde el proceso se completa, donde la sinfonía, el ritmo de la comunicación literaria, se escuchará de verdad.


En su forma original

Iglesia_Ilust_JRamírezMelladoHamish entró antes de tiempo, casi del mismo modo que la última vez, acariciando el portón de madera hasta que las yemas de sus dedos quedaron ásperas y agrietadas. Miró hacia atrás, un instante, para comprobar que su esposa no perdía el paso en el último escalón, que no soltaba la mano de su hija, que no había nada distinto en aquel lugar que le hiciera pensar en alguna forma irreal o distorsionada del patrón cotidiano.

Fabián había entrado ya, seguramente mucho tiempo antes que Soledad, tan distinta desde que no era señora de Bergé, que ya no buscaba sus habituales conversaciones de puerta y evitaba todo lo posible los encuentros antes de comenzar. El único modo de adivinar su presencia era esperar hasta casi el final, hasta los pocos minutos que separaban los últimos toques de campana del inicio de la ceremonia. Soledad se sentaba en el último banco, esperando nada y escuchando la voz del sermón con un gesto seco y vacío que no levantaba la vista del suelo, que parecía recordar de memoria cada una de las palabras, cada pausa, hasta el momento de repetir las pautas comunes de las plegarias. Amén.

Hamish se sentó, cruzando las manos antes de respirar hondo, ahuecó el cuello de su camisa y comprobó de reojo que todos habían ocupado su lugar. Ana y la niña, a su derecha, Fabián, a su izquierda, siempre allí, con su respiración de fuelle aunque hubiese llegado despacio, con el mentón en alto, las mejillas rosadas y una mirada de reproche y culpabilidad tan acostumbrada a la penumbra como a las excusas, vencida por la oportunidad, por todas las que llegaron para volverse a marchar, como si en la pequeña parroquia, en las palabras de cada misa, los milagros aprovechasen su aparente complicidad para envolverle en una falsa esperanza que no tardaba en desaparecer. Ya no Fabián, ya no hay más. Delante, las viejas, las que Ana podía recordar por su nombre pero Hamish era incapaz. Todas vestían igual, con las mismas formas densas y rectangulares de naftalina sobre tacones gastados, con las caras pálidas y un pelo blanco y brillante que hacía a Hamish contraer el cuerpo y encogerse dentro del traje. Llevó su mirada un poco más allá, abriéndose paso entre las filas de hombros y abrigos oscuros, observando los cuellos rígidos, la concentración en el altar y el cabello recogido de Rebeca Sallié, que siempre se colocaba con su familia en los primeros bancos y esperaba pacientemente la comunión, sin apenas moverse ni darse la vuelta, evitando el contacto con su marido. Le engaña desde hace años, pensaba Hamish, con la misma rutina que le mantiene a su lado y le obliga a cumplir los deberes de esposa, con la costumbre que guarda las apariencias, expía los pecados, alimenta la fe y sirve de ejemplo a sus cuatro hijos, atentos al púlpito, inmóviles como pequeñas siluetas de cartón.

Hamish inspiró profundamente y notó cómo el incienso acariciaba las paredes de su garganta. Poco a poco se iba formando la fila para la comunión y sólo algunos se quedaron en sus asientos. Malena era cubana, siempre llevaba vestidos ceñidos con colores brillantes, entraba en la iglesia antes que nadie, encendía con mucho cuidado algunas velas y murmuraba una oración rápida, como un conjuro, antes de ocupar el séptimo banco del ala izquierda. Resultaría extraño mirar hacia allí y no verla, arrodillada desde el principio, con las manos unidas en el pecho y la mirada en cualquier lugar, rezando con tanta fuerza como si tuviese que hacerlo por todos los presentes. Hamish la miraba de vez en cuando y se sentía a salvo. Si dejaba su mente en otro lugar, si olvidaba santiguarse al comienzo, si alguna vez, como aquella, decidía no acercarse a comulgar, sabía que Malena no se olvidaba de él, le tenía presente en sus oraciones y le incluía en aquel círculo de magia blanca en el que todos tenían su espacio. Malena levantó su mano derecha y la movió con suavidad, dibujando en el aire la rúbrica final de su letanía. Hamish recordó las palabras de aquella novela de Chesterton… La mano no era en realidad la suya sino la de Dios, que hace girar la rueda universal de todas las estrellas.

Al salir agradeció que el aire frío de febrero le devolviese parte de sus sentidos, las figuras oscuras recobraban poco a poco su apariencia humana y bajaban los grandes escalones de piedra sin mirar atrás, dejando que los pequeños detalles de la rutina les guiasen entre la multitud, de vuelta a sus casas. La fe, casi no la recuerdo, murmuró Hamish en una lengua que casi nunca usaba ya. Ana ni siquiera se dio cuenta, se agachó para abrochar el abrigo de su hija, se arregló la chaqueta y miró a su marido antes de agarrarle de la mano ¿Vamos? preguntó con voz tranquila. Hamish, devolviéndole una mirada envuelta en pensamientos lejanos, besó su frente. La fe que recuerdo no sé si tiene forma de esperanza o fidelidad, quizá la costumbre haya borrado su forma original y ya tenga poco que ver con aquella que nació en la mezquita, que rezaba en una lengua distinta y otro Dios la bendecía al salir, igual que otro sol quemaba la piel y extendía la sombra hasta el principio del camino. Te quiero, respondió, volvamos a casa.


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