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El vínculo emocional

La última vez, como la anterior, y seguramente como todas las veces que ya ni recuerdo, no quise dejarme llevar, al menos no de ese modo en el que las emociones nos arrastran por la fuerza y sin previo aviso hacia lugares en los que, definitivamente, toman el control, territorios de arenas movedizas donde nuestra voz, nuestros pensamientos e incluso nuestra propia forma de realidad, pierden todo su poder. Sin embargo volví a caer, y mucho me temo que así será muchas más veces en el futuro, cuando abra las páginas de una novela, me vea de golpe en un salón, en medio de un camino, en un escenario vacío o en un transbordador espacial, y escuche voces lejanas, sienta el calor del sol, empiece a respirar el polvo o la humedad atraviese mi piel y sin previo aviso venga a mi encuentro el personaje protagonista, él o ella, el anfitrión de la fiesta que acaba de comenzar.

Seguir al actor principal, atravesar con él una puerta, tiene sus consecuencias, algunas inofensivas (en apariencia), otras que consiguen satisfacer las primeras preguntas de nuestra curiosidad y otras, sin duda las más sutiles y peligrosas, que poco a poco nos vinculan a ese personaje recién descubierto, esa figura a medio dibujar. Y cuando empezamos a ver a través de sus ojos, a notar sus pérdidas, a esperar sus encuentros y a sentir la incertidumbre de cada pequeña o gran decisión, nos damos cuenta de que no hay marcha atrás, no podremos desandar el camino y salir, al menos indemnes, de aquel espacio, ni desprendernos del lazo invisible que nos une.

Al comenzar un relato tenemos la sensación de encender una luz, poner los pies sobre un escenario, observar los detalles con mucha atención y caminar por donde nos da la gana…, pero en realidad sabemos que alguien nos guía. Puede que sea el propio personaje protagonista, o la voz de un narrador que no tarda en colocarnos frente a él. En cualquier caso, pronto tenemos compañía, nos encontramos junto a un ser que busca nuestra complicidad. Puede que no nos mire de frente en un primer momento, que esté absorto en cualquier tarea y aparentemente no sepa que estamos allí, pero se tomará el tiempo necesario para que lo veamos bien, se dejará iluminar por un foco cenital que durante unas líneas (a veces largos párrafos) lo colocará en un centro absoluto, un espacio reservado para la gran estrella.

Y a partir de ahí haremos el viaje con él, descubriremos qué hace en ese lugar y en ese instante y cuál es su propósito, sabremos también porqué, qué le atormenta, qué le estimula, qué secretos guarda su pasado y, sobre todo, sabremos si está dispuesto realmente a luchar por alcanzar su objetivo. Eso inicia una curiosa relación de dependencia en la que, por desgracia para él, nuestro interés, nuestra diversión e incluso nuestra pasión por la historia será inversamente proporcional a su tranquilidad, es decir, cuanto peor lo pase, mejor. Y el precio a pagar por ese privilegiado asiento en primera fila es, por supuesto, una entrega incondicional a nuestro héroe (o heroína), un vínculo emocional que se consolida con el paso de las páginas, se afianza en su forma de actuar, en sus reacciones, en cómo influye al resto de personajes, en sus hábitos, en sus sacrificios y sobre todo en su integridad, en esa fidelidad a sí mismo que nos convencerá por completo.

Porque cada relato es una impresión, una forma única de vivir una historia y de arrastrarnos con ella hasta que no tenemos forma de huir. Como escribió Tomashevski, De esta manera la obra se hace actual en el sentido más preciso del término, actúa sobre el lector suscitando emociones que dirigen su voluntad, y aun así queremos resistir, con todas nuestras fuerzas, aunque después de recorrer unos cuantos párrafos nos damos cuenta que quizá estemos a punto de iniciar un viaje inolvidable y pensamos ¿por qué no? Si todo va bien, volver a caer en la tentación será una experiencia tan intensa como la última vez.


Iniciativa, al escenario

Loscenci_ArtaudHay que dejar el pesimismo para tiempo mejores y el optimismo para los peoresPere Casaldaliga

En los malos tiempos, o en los difíciles, la iniciativa parece una cualidad extraña, reservada a un pequeño grupo de optimistas que han decidido que, además de esperar, si se quieren cambios hay que salir a buscarlos. Y sea por lo que pensaba Séneca, aquello de que en la adversidad conviene tomar un camino atrevido, o porque no hay muchas más opciones, hay propuestas que merecen al menos un reconocimiento.

En Madrid tenemos varios ejemplos, desde la excepcional trayectoria de los Teatros del Canal, con una programación en danza que nada tiene que envidiar a la del Real, hasta apuestas valientes como la del Teatro Español, con el estreno por primera vez en España de una obra de Artaud, y las últimas tentaciones que llegan desde los escenarios del Matadero, con un cartel más que interesante que podremos disfrutar a partir de febrero.

Enlaces:

Locura, poder y soledad en la escena teatral, vía cultura.elpais.com

No pisar: charco de sangre, vía cultura.elpais.com


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