Las ciudades y las neveras

LondresA veces me cuesta decidir entre la ciudad que conocí y la que imagino. Mis recuerdos cambian, se acomodan al paso del tiempo y se resisten a desaparecer, se transforman, buscan todas las piezas que alguna vez dieron forma a un lugar, a una persona y puede que a una emoción, y desechan las que han perdido color, las inservibles, las que se oxidaron o no han sabido envejecer. Olvidan. Y las pocas que quedan, supervivientes de un proceso que mi cabeza entiende como reconstrucción selectiva, vuelven al mismo lugar, donde aquella ciudad y aquel rostro no volverán a existir.

Al menos no existirán del mismo modo. Quizá porque los lugares se acomodan a quienes los habitan, cambian a cada paso, con cada mirada, como un experimento de física cuántica que se altera con la simple observación. Ahora que lo pienso… ¿se apaga la luz de mi nevera cuando cierro la puerta? Supongo que me tranquiliza pensar que sí, sobre todo porque la alternativa sería encontrar un modo angustioso y antinatural de cerrar la puerta desde dentro y comprobarlo, cosa que no recuerdo haberme planteado jamás seriamente y si lo hiciera, si alguna de esas noches en las que no consigo escribir decidiese acabar, por pura desesperación, aburrimiento o curiosidad, en el interior de mi nevera, dudo que quisiera volver a salir. Por vergüenza, más que nada.

Prefiero pensar en las ciudades, en todas las que conozco y he podido reconocer (o no) a través de los libros. Algunas son tan distintas que me pregunto si en realidad estuve alllí alguna vez, otras no fueron jamás de ese modo, algunas quisieran serlo y muchas nunca se recordarían así. Pero en los libros, como en la memoria, viven los cuerpos y las almas, las pequeñas cosas, las palabras y los silencios, los odios, los amores y las ciudades (alguna nevera también) que fueron imaginadas, que aceptaron el filtro de una emoción y quisieron quedarse a vivir en un lugar que, quien sabe, quizá mantenga la luz encendida después de cerrar la puerta.

Edward Hyde se pierde en las calles de Londres cualquier noche de niebla, sin que nos dé tiempo a reconocer las fachadas oscuras ni las piedras irregulares antes de que, en el mismo lugar, en el mismo instante, aparezcan Sherlock Holmes y su fiel doctor siguiendo sus huellas… ¿Sir Conan Doyle le pidió permiso a R.L. Stevenson para hacer tal cosa? Emma Bovary añora un París muy distinto al vivido por D’Artagnan, pero ¿qué luz tiene Amsterdam en la novela de Ian McEwan? ¿algo parecida a la de Central Park cuando lo invaden los personajes de Auster? Quizá sea como el Argel quemado de Albert Camus, el Río de Janeiro inexistente de Clarice Lispector, el Tokio occidentalizado de Murakami

A veces, imaginando destinos, transformando una y otra vez las ciudades de mis recuerdos, me subo a un viejo carro tirado por bueyes, me tumbo sobre la paja y le pregunto al arriero a quien llevó la última vez. Y mientras bajamos la pendiente, por un estrecho camino de tierra que lleva a Comala, me cuenta la historia, mientras me quedo dormido, de aquella vez que acompañó a Pedro Páramo a buscar a su padre.

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