A través de un cristal

Arvid Falk vivió en la ciudad inventada, en un país de otro mundo, de otra piel, que apareció casi por casualidad al otro lado de la ventana. Aunque para ser casual, casi improbable, no llegó de cualquier manera sino cargado de pequeños detalles, de todo lo que un lugar necesita para ser real o, como quiso su autor, para parecerse tanto a la realidad como si no hubiese existido nunca.

¿Contradictorio? Quizá, pero asomarse a la ventana, aunque parezca algo habitual, es un ejercicio poco frecuente de consecuencias imprevisibles. Si se practica bien, puede resultar muy productivo, y el autor de aquel mundo extraño, la patria de Arvid Falk, lo sabía muy bien.

Mientras se sumía en desagradables meditaciones había llegado a la pequeña calle de Trädgärdsgata; fue por la acera de izquierda, pasando por delante del Teatro Dramático, hasta encontrarse en plena calle de Norrland; andaba sin ningún destino concreto y siguió camino adelante; no tardó el empedrado en volverse desigual, casuchas de madera comenzaban a sustituir a las de piedra, y gente mal vestida dirigía miradas llenas de recelo a la persona elegante que visitaba su barrio tan temprano, mientras perros famélicos gruñían amenazadores al forastero (…)

El universo que vive en El salón rojo (1879) podría ser Estocolmo a finales del XIX, pero no lo es. August Strindberg (1849-1912) observó la ciudad desde su ventana durante tantos años que casi aprendió de memoria el patrón cotidiano de sus disfraces. Los inviernos, la luz del amanecer, los reflejos de noche y la cadencia desigual de sus habitantes siempre estaban allí, para que pudiera verlos con todo detalle, para que, al cerrar los ojos y recordarlos con precisión, pudiera destruirlos sin dejar rastro. Destruirlos y volver a empezar.

Y comenzó por donde quiso, olvidando el principio, hasta dibujar con trazos rápidos e irregulares un mundo nuevo, un espacio para que Arvid Falk, el personaje que dormía en su mente desde hacía tiempo, pudiera vivir su historia particular. Strindberg construyó con manchas impresionistas, con mezclas y contornos difusos que sólo se observan con claridad desde la distancia, tan vivos, tan inmediatos, que la vista trata de acostumbrase a la forma, al paisaje y a la voz cuando ya han desaparecido.

Por eso, si algún día se encuentran con Arvid Falk y sienten curiosidad por conocer El salón rojo y el inabarcable espacio que se extiende a su alrededor, no piensen que reconocerán el lugar, ni que Estocolmo es una ciudad real con cierto parecido a lo que allí se cuenta. Sólo podrán leer lo que una vez escribió un genio con una pasión vulgar, la de observar los días a través de un cristal.

Son las siete de la tarde. La orquesta del Berns toca la marcha nupcial de El sueño de una noche de verano y, al compás festivo de esta música, entra Olle Montanus en El salón rojo (…)

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