La mirada del espejo

Si las crisis de identidad, esos momentos en los que por diversos motivos nos analizamos a nosotros mismos, nos colocan frente a un espejo, ¿qué pasa cuando no nos conseguimos reconocer?

Para el psicólogo alemán Erik Erikson(1902-1994), el individuo desarrolla conciencia de sí mismo mediante la interacción social, es decir, en cierto modo a través de una búsqueda de competencias y desafíos que, una vez superados, permiten adquirir lo que Erikson denomina como fuerza del ego. Dicha seguridad permite afrontar la próxima etapa de la vida con puntos de referencia más estables y una idea cada vez más precisa de la propia identidad. No obstante, si durante la constante interacción social el individuo recibe muchos más estímulos de los que es capaz de asimilar, tanto por su cantidad como por su frecuencia, puede ocurrir que no los comprenda, no los reconozca o, en consecuencia, que termine por no reconocerse a sí mismo. ¿Qué soy? ¿Producto de una cultura de la “hiperestimulación”?

Mucha más información en muchos más medios, y a los canales tradicionales (diarios, programas informativos…) se añaden blogs, redes sociales, applets para móviles… que ponen a prueba una capacidad de asimilación cada vez más saturada. Y así, ocurre cada vez con más frecuencia que, al reflexionar sobre nuestros valores, no existe una estructura propia y sólida, construida con tiempo, sino una imitación de las tendencias de moda. Recientemente, el escritor y guionista estadounidense, Robert McKee, advertía en una entrevista de El País, Lo que ha pasado en las últimas décadas es que el sentido de identidad de las personas viene dado por la producción creativa de otras y no creo que sea saludable(…)

En medio de esta masificación de valores de cartón, conviene recordar un principio económico básico que, paradójicamente y de forma natural, vuelve a estar de moda. La economía, y las deseadas riqueza y prosperidad, no siguen pautas de acumulación sino las del mejor aprovechamiento posible de bienes escasos. Aquello que en las empresas se titula como “gestión de recursos” y en nuestra búsqueda de identidad podríamos llamar… ¿Selección inteligente? En todo caso, la próxima vez que me coloque frente al espejo me gustaría tener la certeza de que soy yo quien me mira, y no una copia virtual de pensamientos ajenos.

Para más información,  http://www.psicologia-online.com/ebooks/personalidad/erikson.htm

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Acerca de mateocoronado


4 respuestas a “La mirada del espejo

  • Cultura en medio de la encrucijada | Rafting

    [...] Efectivamente, se han perdido valores esenciales, o quizá no se les ha dado su tiempo. Porque la cultura madura con sedimentos, no se improvisa, y requiere un esfuerzo intelectual que merece más respeto. De momento, el aumento masivo de información y las mayores facilidades para acceder a ella, no están generando una sociedad más reflexiva. http://cort.as/1jSg [...]

  • chemafernandez

    Buena clave Mateo.

    Enseñar a elegir. Posiblemente sea el aprendizaje más importante para el ser humano en la sociedad en la que estamos.

    Saber elegir lo que quiere hacer, a qué dedicar su ocio, qué camino seguir en la vida, qué comprar, qué comer… afrontando las decisiones en base al criterio propio, sin que se haga ni en base a imposiciones sociales o educacionales, ni a la imitación de patrones prediseñados con una intención consumista, ni a la complaciencia a terceros, ni por el miedo al rechazo de ser diferente..

    Se puede hacer. Apuntaría, como conclusión propia, que, en este caso, el principal arma de aprendizaje está en uno mismo. Un autoaprendizaje que desarrolla esa fuerza del ego y que juega con la entropía que nos rodea.

    Y para ese aprendizaje, lo primero es saber a su vez elegir los medios. Hay que leer y escuchar más y dejar en un segundo plano la mera observación visual. En este sentido, hay un libro, que me recomendaron, que entra a la perfección en esta idea: “HOMO VIDENS: LA SOCIEDAD TELEDIRIGIDA”, en el que su autor, Giovanni Sartori, advierte: “un mundo concentrado sólo en el hecho de ver es un mundo estúpido”. El homo sapiens, un ser caracterizado por su capacidad de reflexionar y generar ideas y abstracciones, se está convirtiendo en un homo videns, una criatura que mira pero que no piensa, que ve pero que no entiende, que imita y adora lo que ve en la televisión.

  • mateocoronado

    Gracias Chema. Sin duda tu respuesta merece un análisis detallado y plantea un debate que va mucho más allá de la crisis de identidad. Quizá sea la búsqueda de preguntas, esas que, como dices, nos hacen grandes ante los problemas, pero dicha búsqueda (tan importante como personal) ha sido más sencilla, o quizá más intuitiva, en otros tiempos, cuando las referencias culturales era mucho más claras.
    Hoy, el exceso de estímulos genera confusión, incluso parálisis o adormecimiento en muchos casos, por lo que es posible que el primer paso hacia la solución esté en enseñar (o ayudar) a elegir.
    Es decir, referencias culturales (libros, películas, artículos…) que identifiquen y se comprometan con necesidades reales y actuales. Ya no tienen tanto efecto la protesta radical, la ostentación de poder o la “autocomplacencia” con la que tantas veces se ha tratado de orientar la cultura. Pasó de moda.

  • chema fernandez

    Siempre he pensado que hay dos tipos de personas: a) las que, ante las adversidades, se crecen y aprovechan para superarse, y b) las que, simplemente, no actúan y esperan a que algo o alguien les solucione su problema.
    Todos hemos pasado o, por desgracia, pasaremos por momentos difíciles. Cuando llegan esas circunstancias, ¿nos preguntamos a nosotros mismos si sería posible transformar un mal momento, un periodo de desesperanza en energía para avanzar?, ¿nos preguntamos si una derrota sería solamente una batalla perdida dentro de una guerra ganada?, ¿nos preguntamos cómo sería posible realizar una metamorfosis kafkiana al revés, haciendo surgir un nuevo hombre a partir de un insecto amorfo y repugnante?, ¿nos preguntamos si es posible lograrlo?.
    Son únicamente preguntas, pero desde Sócrates sabemos que las preguntas son más importantes que las respuestas, porque generan la búsqueda, el movimiento y la acción, mientras que la respuesta es algo que interrumpe, deteniendo el fluir natural de los procesos.
    Propongo que entendamos que son las preguntas las que pueden llevarnos al encuentro con ese individuo que se agranda ante los problemas y se crece en la adversidad, porque consigue utilizar su fuerza interior para vencer a la influencia exterior.
    Obviar las preguntas nos conduce al tipo b), de modo que nuestra opción sería la de paralizarnos y permanecer perplejos o pasmados ante lo injusta que es la vida, por no ser exactamente tal y como nos hubiese gustado. Y, con este criterio, lo que haríamos es sentarnos a esperar a que la solución venga de fuera, como si fuese maná caído del cielo. Y ya podemos intuir que ese no es el camino. La vía de salida tiene que surgir desde dentro.
    Nietzsche decía que el hombre superior es aquel que consigue vencer sus enemigos interiores, de modo que sólo puede ser derrotado por sí mismo. Evidentemente, todo lo que nos ocurre tiene un componente externo, pero también uno interno: el propio yo, que es más fuerte de lo que imaginamos.
    Pensando en esas componentes, e interpretándolas como fuerzas, me viene a la mente todo lo que estudié en la Universidad sobre Física Nuclear, Mecánica, Campos Electromagnéticos, Química y Termodinámica. También pienso en cuál debe ser la razón por la cual el ser humano es capaz de trabajar, superar adversidades, construir la historia y realizar obras de arte. No me resulta aceptable que seamos únicamente un recipiente contenedor de combustible orgánico obtenido por la comida, capaz de ser oxidada para poder gracias a ello alzar una piedra y lanzarla.
    Únicamente descubrí una posible solución en la Termodinámica, ciencia que descubre los estados de equilibrio así como la forma en la que los sistemas responden a los cambios que se producen en su entorno. En cualquier caso, y ni siquiera a pesar de la influencia romántica que siempre he sentido por Ludwig Boltzmann, que llegó hasta el suicidio en 1906 ante la oposición que encontró a sus hipótesis sobre la existencia del átomo, he podido encontrar en ella todos los argumentos que necesito.
    Dejando a un lado interpretaciones o excusas de origen divino, llegué a la conclusión de que para entender este misterio debiera alejarme de la física y buscar en la psicología, en la literatura y también en las vivencias propias y de los que me rodean.
    En la línea de la psicología, es fácil hallar el inmenso legado para la comprensión del alma humana que Freud aportó, con su trabajo y el de sus seguidores. Entre sus discípulos directos, Erik Erikson, un joven alemán que se enamoró del psicoanálisis, emigró a los Estados Unidos, donde ejerció en la Universidad de Havard como profesor e investigador, centrando su trabajo en el ego y su influencia en las relaciones interpersonales.
    A Erikson le debemos la expresión “fuerza del ego”, entendiendo como tal a un conjunto de virtudes que permiten a quien esté dotado de ellas la capacidad de reaccionar ante las adversidades y alcanzar sus objetivos. Según sus análisis, todos estamos programados para desarrollar dichas virtudes, que son en realidad estados de orientación para el bien y para la evolución. Estas virtudes son la esperanza, la voluntad, el propósito, la competencia, la fidelidad, el amor, el cuidado y la sabiduría.
    Bien, aquí podríamos tener la definición de esa diferencia entre los individuos a) y los individuos b). Sin embargo, Erikson explica que el desarrollo de estas virtudes depende de fases psicosociales, partiendo de la base de que en cada uno de los periodos de formación, tanto del niño como del joven y del adulto, el hombre desarrolla virtudes emocionales que le permitirán enfrentarse a la vida. Como estas fases no son sólo psicológicas sino también sociales, el medio ambiente y las relaciones familiares y de amistad son determinantes en la formación de este conjunto de virtudes.
    Y ¿qué podríamos hacer para desarrollarlas?. Para lograrlo, Erikson argumenta que se hace necesario encontrar propósitos para la vida, desarrollar conocimientos, entrenar la disciplina y conseguir crear relaciones humanas constructivas. Se trata de algo más que una inversión a largo plazo, ya que, en realidad, es un trabajo que no tiene fin.
    Las virtudes que queremos desarrollar son en realidad mecanismos de liberación de esa fuerza del ego que deben ser creadas. Todos, seamos del tipo a) o del tipo b), hemos nacido con la capacidad y el potencial suficientes para hacerlo, pero necesitamos aprender a manejar esa fuerza.
    Entonces, ¿y si realmente son las situaciones difíciles de la vida las que provocan la estimulación necesaria para la liberación de esa fuerza que desconocíamos tener?, ¿son las adversidades el catalizador que inicia ese proceso?. Es probable. Pero parece cierto que con algunos individuos la mezcla llega a la ignición y con otros no. Por eso sigue habiendo a) y b).
    ¿Y qué pasó con Boltzmann?. Parece que la fuerza del ego en su caso no fue suficiente ya que su decepción le condujo a perder la vida. ¿O en realidad sí lo fue?.
    En el cementerio central de Viena, el Zentralfriedhof, podemos encontrar la tumba de Boltzmann, el hombre que descubrió el átomo y planteó las bases de la teoría cuántica de la materia. Sobre su lápida hay una inscripción; S=k logW, la ecuación que describe la entropía.
    La entropía es, en Termodinámica, una magnitud física que permite determinar cuál es la parte de la energía que no puede convertirse en trabajo. La entropía es una cuantificación de lo que no se puede hacer, de lo imposible. Podríamos decir que la entropía es una medida del desorden de un sistema, es decir, de su grado de homogeneidad o de heterogeneidad. Recuerdo un ejemplo de cuando estudiaba: si dejamos caer un vaso de cristal al suelo tenderá a romperse y a esparcirse, mientras que jamás conseguiremos lanzando trozos de cristal hacia arriba, que se construya un vaso por sí solo. Eso es la entropía.
    ¿Fuerza del ego y entropía?. ¿Hay relación?.
    No tengo la respuesta. Pero, volviendo a Sócrates, la respuesta no importa, lo que importa es la pregunta.

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