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Mentiras para no dormir

Los Dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en el que el hombre estuvo solo. Gustave Flaubert

Se dice que los escritores mienten, que los traductores inventan y que los libros guardan todas las palabras del mundo, las que se saben, las que se ignoran, las que se callan y las que no existen. También se dice que estas últimas son las que todos buscamos y sólo un libro de Borges las colecciona, aunque es posible que sólo sea un rumor, o una leyenda, esa forma extraordinaria que tienen algunos libros de contar mentiras para no dormir.

Cuando Marguerite Yourcenar descubrió la soledad en las palabras de Flaubert, quiso darle forma, convertirla en algo que se pudiera tocar, que pudiera reconocerse en cualquier parte. Y fingió ser quien no fue, mintió, porque la certeza le pareció inútil y porque ya intuía desde hacía tiempo que las grandes novelas, las buenas historias, mienten desde el principio. Y en su Memorias de Adriano, esculpió al hombre solo, dibujó un pensamiento que a nadie importa si fue tal o fue otro, y dejó sobre la mesa suficientes motivos, los que quiso, para que Julio Cortázar inventara tiempo después una de las mejores traducciones de la historia de la literatura.  César tenía razón al preferir el segundo puesto en una aldea que el primero en Roma. No por ambición o vanagloria, sino porque el hombre que ocupa el segundo lugar no tiene otra alternativa que los peligros de la obediencia (…)

Una mentira incapaz no convence, pero el buen autor escoge, entre todas las mentiras posibles, la que sugiere, la que, sin decir la verdad no engaña y no atiende a razones. Una mentira infiel y superviviente que reconstruye la historia sin manual de instrucciones y se transforma con ella. Gracias a que Joseph Conrad mintió, existe Nostromo, como el niño y el tambor de hojalata de Günter Grass, como la soledad, nuevamente, de Paul Auster, como la mente del asesino en Truman Capote y la del idiota en Faulkner, como la vida y la muerte en Stefan Zweig y el mundo feliz de Aldous Huxley. ¿Mentiras? Afortunadamente, me temo que si.


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