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Acariciar los detalles

Cuatro o cinco páginas antes del final me detengo. Trato de caminar despacio, bordeando el camino sin mirar atrás, con la intención de no volver a encontrarme con cada personaje, de no volver a pasar por aquel lugar, por aquella historia. Termino. Y al pasar la última página de la novela cierro los ojos con la esperanza de no recordarla.

El escritor de verdad asume desde la primera palabra su condición de invisible, y sabe tan poco importante la verdad como los argumentos que la representan. En realidad, una novela no la necesita, debe evitar los caminos directos igual que los excesos, las vías muertas cargadas de adjetivos que no dejan espacio para imaginar. Un auténtico escritor sugiere, estimula, traslada al lector a un mundo por descubrir y, sin que nadie le vea, desaparece. Si lo hizo bien, al acercarnos al final del libro nos daremos cuenta de que hemos vivido un engaño, una fantasía creada por nosotros mismos a través de infinidad de pequeños detalles, magia esencial que nos transforma, nos convence de que todo parecido de lo que acabamos leer con la realidad es pura coincidencia.

Vladimir Nabokov, además de dominar el arte de la literatura y conseguir que muchos de esos detalles quedasen grabados en nuestra memoria, fue un gran lector, un coleccionista de esencias, un buscador selectivo y, por encima de todo, un hombre sensible. Como dijo una vez, debemos leer con la médula espinal, ser capaces de sentir una emoción sin intentar comprenderla. Sabía que todo gran escritor tiene una parte de narrador, de alguien que nos hace viajar, nos traslada a un mundo inesperado y nos lo enseña con paciencia. También una parte de maestro, que nos permite acceder al interior de su mente y nos muestra su realidad. Pero sobre todo una parte de encantador, de mago que nos envuelve con sus imágenes, que construye una ilusión y que, con una sola palabra, en un instante, nos emociona. Abracadabra.

Decía el maestro ruso en su Curso de literatura europea, El verdadero escritor, el hombre que hace girar planetas, que modela a un hombre dormido y manipula ansioso la costilla del durmiente, esa clase de autor no tiene a su disposición ningún valor predeterminado: debe crearlos. Y enseñaba a sus alumnos que el verdadero escritor es un maestro sutil, un talento sensible a detalles casi imperceptibles. Trabajó con obras de Jane Austen, Dickens y Stevenson, entre otros, y extrajo su capacidad de encantamiento por encima de cada historia, de las tramas, de sus motivos o su contexto. Nabokov quiso enseñar el arte esencial, una literatura para respirar, que duerme bajo la piel y sobrevive al olvido. Si lo consiguió, quizá nadie lo sepa, pero a veces, en las últimas páginas de algún libro, recuerdo sus palabas y sé que tenía razón. Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos… La verdad es que las grandes novelas son grandes cuentos de hadas…

Una enorme verja de hierro y el aroma de las lilas daban acceso a Grangehead. Todo estaba enterrado en una sombra transparente (…) Malcom, con la cabeza inclinada hacia delante y las manos cruzadas a la espalda, paseaba por el sendero de grava con pasos lentos e irregulares. R.L. Stevenson

Insistió una vez más en que el pronóstico no era alarmante. La herida estaba lejos del área de mayor riesgo y nadie recordaba que hubiera sangrado. Lo más probable era que Sierva María no contrajera la rabia - ¿Y mientras tanto? – Preguntó en marqués – Mientras tanto – dijo Abrenuncio – tóquenle música, llenen la casa de flores, hagan cantar los pájaros, llévenla a ver los atardeceres en el mar, denle todo lo que pueda hacerla feliz – Se despidió con un volteo del sombrero en el aire y la sentencia latina de rigor. Pero esta vez la tradujo en honor del marqués: - No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad. Gabriel García Márquez


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