Una vez escuché que cuando la danza y el teatro se convierten en diálogo, alcanzan su máxima expresión. Pensé que, Hasta ese día, me había sentido importante como intérprete pero nunca como espectador, y recordé un par de cosas que tenía olvidadas acerca del arte. La primera, que sólo tiene sentido completo en viajes de ida y vuelta, y la segunda, mi favorita, que esconde un fascinante poder de efectos imprevisibles.
Y en ese diálogo entre coreógrafo, bailarinas, bailarines, actrices, actores y espectadores, hay un elemento que no puede faltar, un factor clave y determinante que suele darse por supuesto, puede parecer obvio y sin embargo no siempre está. El interés común. Sin él, la conversación, por muchas estrategias y propuestas alternativas que intente, suele terminar en conflicto o, con mucha frecuencia, en aburrimiento. Y no se trata de tal o cual trama, que cuantas más y más variadas, mejor, sino de que ambas partes puedan expresarse con libertad y obtengan un beneficio, algo que llevarse a casa después de la función, algo para compartir con otros, para aprender, para enseñar quizá y, por qué no, para provocar un cambio y empezar un nuevo camino.
Y un interés para cada tiempo. A veces el arte en sí y su máxima expresión técnica, su demostración de poder, su destreza. Otras, el arte como vehículo de protesta, de transgresión, de provocación y estímulo de conciencia. Y últimamente, escuchando la parte del diálogo que corresponde al espectador, ¿se demanda un arte de compromiso?
Si estas conversaciones de escenario son, en cierto sentido, un modo bastante fiable de medir el pulso a la sociedad, vemos que en estos tiempos de crisis e incertidumbre, buena parte del interés común gira en torno a una modalidad coreográfica de la honestidad, que trata de responder preguntas provocadas por nuevos miedos y viejas necesidades. En el Barrymore Theatre de Nueva York, se ha reconstruido a tal efecto el clásico americano de Arthur Miller, Death of a Salesman, en el que cientos de espectadores consumen diariamente sus miedos, sus reflexiones e incluso su particular solución a todo lo que les preocupa. Con nostalgia de Maurice Béjart y Roland Petit, grandes compañías proponen una renovada danza contemporánea que utiliza precisamente la palabra “diálogo” como punto de partida para la creación. La misma palabra que abre nuevos caminos a la danza clásica, mediante trabajos como Diana Vishneva: Dialogues, que presenta el City Center de NY. Y son sólo algunos ejemplos.
Diálogos, en los que la nueva escena significa compromiso y el espectador vive una experiencia activa y consciente, que posiblemente, como advirtió Jean-Paul Sartre, sea la única forma auténtica, o al menos creíble, de libertad.
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