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Escritor

El detalle inexistente

ViejoLisboa

Lisboa, verano de 2001

Me hubiera gustado inventar su nombre, darle una identidad que con el tiempo llegase a parecerme real, para explicar, o para intentar convencerme, de que por muchas veces que mire la misma imagen no podré adivinar sus pensamientos.

Siempre he tenido la incómoda sensación de intruso al hacer cada fotografía, de coger sin pedir permiso una fracción de tiempo, una intención, en el mejor de los casos una vida, quizá no tanto, un puente del alma hacia no sé dónde, que a partir de un instante empieza a formar parte de una extraña colección de viajes interrumpidos. Las fotos, como las novelas, aparecen en algún lugar de cualquier historia de largo recorrido, guardan un minúsculo intervalo entre el pasado y el porvenir y deciden, casi de inmediato, si van hacia delante o hacia atrás. En realidad me molesta no poder formar parte de esa decisión, me gustaría capturar una imagen con proyección de futuro, y justo después otra que supiera contarme con detalle todos los años pasados, porque el instante, el presente de cada historia detenido en la pantalla o en el papel, la imagen que podremos colocar en un portarretratos o en un marco de madera en el salón, es lo único que no existe.

Vuelvo a mirar al viejo, a entender que su fotografía, porque es suya, ya no reconoce los años perdidos, olvidó, tantos nombres, tantos amores, tantas voces y tantos motivos, que ya no mira hacia atrás, espera con incertidumbre y desconfianza que llegue mañana, y quizá se pregunta si la vejez llegó alguna vez mientras dormía, sin que se diera cuenta, si le dijo algo que debiera saber, si se ocupó de todo, si se acordó de contarle que la experiencia, más útil para la vida que para la muerte, tiene alguna idea que le pueda servir.

Me hubiera gustado inventar su nombre, para pensarle, para escribirle y honrar una vida que no conocí, un tiempo pasado que nunca supe desde que aquella foto decidió ir en sentido contrario. Me perdí sus recuerdos, encontré las preguntas que no he sabido responder y tuve la sensación, desde el primer momento, de que las vidas no se chocan ni se cruzan, se reconocen, con la naturalidad inconsciente del primer paso, absoluta infidelidad a los cálculos de la mente y la esperanza de que algún día, quizá, nos volvamos a ver.

Me gusta mirarle, viejo, agradecido por el encuentro, por confesarme una vida (o dejar que la invente) gracias a un instante, porque sus miedos ya habrán desaparecido y sus secretos están a salvo conmigo.


En su forma original

Iglesia_Ilust_JRamírezMelladoHamish entró antes de tiempo, casi del mismo modo que la última vez, acariciando el portón de madera hasta que las yemas de sus dedos quedaron ásperas y agrietadas. Miró hacia atrás, un instante, para comprobar que su esposa no perdía el paso en el último escalón, que no soltaba la mano de su hija, que no había nada distinto en aquel lugar que le hiciera pensar en alguna forma irreal o distorsionada del patrón cotidiano.

Fabián había entrado ya, seguramente mucho tiempo antes que Soledad, tan distinta desde que no era señora de Bergé, que ya no buscaba sus habituales conversaciones de puerta y evitaba todo lo posible los encuentros antes de comenzar. El único modo de adivinar su presencia era esperar hasta casi el final, hasta los pocos minutos que separaban los últimos toques de campana del inicio de la ceremonia. Soledad se sentaba en el último banco, esperando nada y escuchando la voz del sermón con un gesto seco y vacío que no levantaba la vista del suelo, que parecía recordar de memoria cada una de las palabras, cada pausa, hasta el momento de repetir las pautas comunes de las plegarias. Amén.

Hamish se sentó, cruzando las manos antes de respirar hondo, ahuecó el cuello de su camisa y comprobó de reojo que todos habían ocupado su lugar. Ana y la niña, a su derecha, Fabián, a su izquierda, siempre allí, con su respiración de fuelle aunque hubiese llegado despacio, con el mentón en alto, las mejillas rosadas y una mirada de reproche y culpabilidad tan acostumbrada a la penumbra como a las excusas, vencida por la oportunidad, por todas las que llegaron para volverse a marchar, como si en la pequeña parroquia, en las palabras de cada misa, los milagros aprovechasen su aparente complicidad para envolverle en una falsa esperanza que no tardaba en desaparecer. Ya no Fabián, ya no hay más. Delante, las viejas, las que Ana podía recordar por su nombre pero Hamish era incapaz. Todas vestían igual, con las mismas formas densas y rectangulares de naftalina sobre tacones gastados, con las caras pálidas y un pelo blanco y brillante que hacía a Hamish contraer el cuerpo y encogerse dentro del traje. Llevó su mirada un poco más allá, abriéndose paso entre las filas de hombros y abrigos oscuros, observando los cuellos rígidos, la concentración en el altar y el cabello recogido de Rebeca Sallié, que siempre se colocaba con su familia en los primeros bancos y esperaba pacientemente la comunión, sin apenas moverse ni darse la vuelta, evitando el contacto con su marido. Le engaña desde hace años, pensaba Hamish, con la misma rutina que le mantiene a su lado y le obliga a cumplir los deberes de esposa, con la costumbre que guarda las apariencias, expía los pecados, alimenta la fe y sirve de ejemplo a sus cuatro hijos, atentos al púlpito, inmóviles como pequeñas siluetas de cartón.

Hamish inspiró profundamente y notó cómo el incienso acariciaba las paredes de su garganta. Poco a poco se iba formando la fila para la comunión y sólo algunos se quedaron en sus asientos. Malena era cubana, siempre llevaba vestidos ceñidos con colores brillantes, entraba en la iglesia antes que nadie, encendía con mucho cuidado algunas velas y murmuraba una oración rápida, como un conjuro, antes de ocupar el séptimo banco del ala izquierda. Resultaría extraño mirar hacia allí y no verla, arrodillada desde el principio, con las manos unidas en el pecho y la mirada en cualquier lugar, rezando con tanta fuerza como si tuviese que hacerlo por todos los presentes. Hamish la miraba de vez en cuando y se sentía a salvo. Si dejaba su mente en otro lugar, si olvidaba santiguarse al comienzo, si alguna vez, como aquella, decidía no acercarse a comulgar, sabía que Malena no se olvidaba de él, le tenía presente en sus oraciones y le incluía en aquel círculo de magia blanca en el que todos tenían su espacio. Malena levantó su mano derecha y la movió con suavidad, dibujando en el aire la rúbrica final de su letanía. Hamish recordó las palabras de aquella novela de Chesterton… La mano no era en realidad la suya sino la de Dios, que hace girar la rueda universal de todas las estrellas.

Al salir agradeció que el aire frío de febrero le devolviese parte de sus sentidos, las figuras oscuras recobraban poco a poco su apariencia humana y bajaban los grandes escalones de piedra sin mirar atrás, dejando que los pequeños detalles de la rutina les guiasen entre la multitud, de vuelta a sus casas. La fe, casi no la recuerdo, murmuró Hamish en una lengua que casi nunca usaba ya. Ana ni siquiera se dio cuenta, se agachó para abrochar el abrigo de su hija, se arregló la chaqueta y miró a su marido antes de agarrarle de la mano ¿Vamos? preguntó con voz tranquila. Hamish, devolviéndole una mirada envuelta en pensamientos lejanos, besó su frente. La fe que recuerdo no sé si tiene forma de esperanza o fidelidad, quizá la costumbre haya borrado su forma original y ya tenga poco que ver con aquella que nació en la mezquita, que rezaba en una lengua distinta y otro Dios la bendecía al salir, igual que otro sol quemaba la piel y extendía la sombra hasta el principio del camino. Te quiero, respondió, volvamos a casa.


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